29 dic. 2014

Los mejores discos del 2014 (nacionales)


KEPA ARBIZU

Pues justo poco antes de acabar este 2014 toca hacer un repaso de los discos más importantes para un servidor de precisamente este año, y es el turno de aquellos publicados dentro de nuestras fronteras, y que al igual que los “internacionales” sólo responden a mi criterio personal. Aquí la lista de esos “imprescindibles” con los que he decidido quedarme... 

- Julián Maeso, “One Way Ticket to Saturn” 

- Lichis, “Modo avión” 

- Arizona Baby “Secret fires” 

- Sex Museum “Big city lies” 

- Óscar Avendaño y Los Profesionales. “Demasiado oro” 

- The Soul Jacket, “Black Cotton Limited” 

- The Milkyway Express, "Perro rosa"

- Caustic Roll Dave, “Approaching Noise”

- Trogloditas, “Trogloditas”

- Biznaga, “Centro dramático nacional” 

- Ainara Legardon, “Every Minute” 

- Ángel Stanich, “Camino ácido” 

- Nat Simmons, “Home on High” 

Empezamos con la conexión “gallega”, y que como decía Siniestro Total en su último “Country & Western", debe de ser que su ubicación geográfica en la península les acerca a ciertos sonidos, porque, precisamente uno de sus integrantes, Óscar Avendaño y Los Profesionales, ha editado uno de los trabajos más sorprendentes del año, precisamente a base de genial rock americano, que viene, de alguna forma, completado por el de The Soul Jacket, que en los mismos parámetros tiran más de soul con un resultado colosal. 

A Julián Maeso vamos a tener que dejar de considerarle “sólo” un teclista excelso, su segundo disco confirma que es un compositor maravilloso, y en esta ocasión lo materializa a base de un rock mas energético, dando toda una lección de sonidos clásicos del género. Otra sorpresa es la de Lichis, sobre todo para alguien como yo nada seguidor de La Cabra Mecánica, pero cuando alguien da en el clavo de esta forma hay que reconocerlo, a base, también, de sonidos tradicionales norteamericanos que recrean un disco personal y dolorosamente autobiográfico. Otros que han sorprendido son Arizona Baby, que han mutado (para seguir en el mismo sitio, en esencia) su sonido, añadiéndole muchos matices (estilísticos y sonoros) y con un resultado sobresaliente. 

Y toca la parte “dura” de la lista, si The Milkyway Express ya nos sorprendieron en su pasado disco con sus exuberantes formas para tratar el blues, el rock o el hard rock, en esta ocasión dan una vuelta de tuerca más, oscureciendo su propuesta y dándole más empaque. Ainara Legardon ya sabemos que se mueve con facilidad por los sonidos sobrios e íntimos, pero en su nuevo trabajo lo hace con un sonido más guitarrero y rebuscado, y de qué forma!! Biznaga por su parte utilizan el punk, o post punk, o punk ochentero ibérico, o como lo quieran llamar, el resultado, un disco que es pura energía contestataria. Y unos clásicos como Sex Museum, que no bajan el pistón, y echan una mirada al pasado, sus inicios, pero teniendo muy en cuenta su evolución y bagaje actual.

¿Puede haber un lugar intermedio en el que se encuentren Quique González y Albert Pla?, pues lo hay, y ahí se ubica Ángel Stanich con un álbum sorprendente y de una originalidad que arrebata. Difícil definir la propuesta de Caustic Roll Dave, o no, simplemente, o no, es blues desértico pasado por el tamiz de un cerebro lleno de otros sonidos. Un disco como el homónimo de Trogloditas, no hace falta decir de qué banda estamos hablando, ha pasado desapercibido, pero es todo un compendio magistral de los diferentes palos del rock. Y termino con Nat Simmons, que consigue acercarse al country-folk de manera sensible e intima pero nada sensiblera, todo lo contrario, un disco de raíces en mayúsculas.

21 dic. 2014

Los mejores discos del 2014 (internacional)


KEPA ARBIZU

Como siempre por estas fechas toca hacer un repaso de lo más destacado que nos ha dejado este año 2014 que ya se nos escapa. Como es habitual también en esta casa, la lista resultante no responde a un orden estrictamente de preferencia (aunque siempre tiene su cierto sentido la disposición) ni mucho menos está condicionada a seguir una plantilla, de hecho esta vez los elegidos dan como resultado un número tan poco ortodoxo como 13; simplemente elijo aquellos trabajos con los que me quedo irremediablemente en este lapso de tiempo. Sin más, aquí están los nombres..... 

- John Hiatt: “Terms of My Surrender” 

- Chuck prophet: “Night Surfer” 

- Wilko Johnson y Roger Daltrey: “Going back Home” 

- Reigning Sound: “Shattered” 

- "Dave Alvin & Phil Alvin Play & Sing the Songs of Big Bill Broonzy: Common Ground” 

- Lucinda Williams: “Down Where the Spirit Meets the Bone” 

- Tom Petty: “Hypnotic Eye” 

- St Paul and the Broken Bones: “Half the City” 

- Leonard Cohen: “Popular Problems”

- Lee Fields: “Emma Jean” 

- Ben and Ellen Harper: “Childhood home”

- Sharon Jones: “Give the People what They Want” 

- Jack White: “Lazaretto” 

Quizás se podría argumentar lo mismo sobre John Hiatt, Lucinda Williams, Tom Petty e incluso Leonard Cohen, son nombres que por el mero hecho de sacar un nuevo disco ya son noticia reseñable y casi, de por sí, merecedora de entrar en “lo mejor del año”. Pero no es por ese motivo por el que aparecen en este particular repaso, sino porque sus obras de este año son de una calidad sobresaliente. Mientras que el primero ha editado su mejor trabajo en varios años, oscuro, intenso y magistral, Lucinda se ha atrevido con un disco doble que abarca todo su exclusivo y genial imaginario y lo hace para una vez más tocar la tecla y emocionar al respetable. Tom Petty regresa, o retoma, la senda de sus primeras grabaciones y al sonido clásico en los últimos tiempos le insufla el vigoroso y rasposo poder de las guitarras. Bienvenido sea. Y Leonard Cohen... pues él continúa agrandando su legado, y esta vez instalado, a su forma, más todavía en los sonidos negros para una (nueva) clase de elegancia. 

A Wilko Johnson le ha acompañado este último tiempo la sombra de la épica por su lucha contra la enfermedad, pero al margen de ese merecido homenaje, su disco junto a otra figura como Roger Daltrey se transforma en un grito feroz, que en un primer momento se podía tomar como testamento, de rock and roll puro y de muchos quilates. Otro que va camino de clásico es Chuck Prophet, que si bien parecía haber tocado techo con el “Temple Beautiful”, su nuevo trabajo, sin necesidad de comparaciones con el pasado, sigue encumbrándolo en el mundo del rock. Quizás los hermanos Alvin y sus míticos The Blasters no tienen la consideración que se merezcan, o solo en ámbitos reducidos, pero su “reunión” para repasar de manera colosal el variado repertorio del bluesman Big Bill Broonzy les vuelve a traer al recuerdo y pedir a gritos su lugar de honor. 

La ración de soul de esta lista viene de lo más variada e interesante, desde la fuerza y energía de Sharon Jones, otra en lucha contra las andanadas del destino, hasta el clasicismo y nervio del gran Lee Fields, pasando por lo que para mí ha sido la gran sorpresa/novedad de estos 365 días, St Paul and the Broken Bones y su huracán de sonidos negros. 

Alguna vez he dicho, y no me retracto, que Reigning Sound es la mejor banda que ha surgido en los últimos años, a pesar de que Get Cartwright no es precisamente un recién llegado. En su nuevo disco se dejan llevar más por el soul y las melodías que por su incisivo sonido garagero pero siguen empeñados en darme la razón... Y dos geniecillos, tan diferentes entre sí, con los que contamos actualmente son Ben Harper, que se ha juntado a su madre para hacer una delicia de disco, y el siempre llamativo Jack White, que consigue lo que casi nadie, ser heterodoxo y cambiante hasta el paroxismo y sacar matrícula. 

A modo de píldoras que por motivos a veces casi aleatorios no han llegado a esa selección de lo esencial pero que han deslumbrado, por lo menos a mí, durante este año son, por ejemplo, la íntima elegancia de Sun Kil Moon (“Benjí”), la mezcla entre guitarreo y negritud clásica del magnífico debut homónimo de Benjamín Booker, la sorprendente voz de Cristopher Denny (“If the Roses Don’t Kill Us”), los ejercicios excelentes de “vintage” (palabra que no me gusta demasiado en este contexto) de Luke Winslow-King (“Everlasting Arms”), con su jazz-swing esta vez más abierto a influencias que nunca, y de Nick Waterhouse (“Holly”) con su rhythm and blues, o el siempre fiable y esta vez excelente Justin Townes Earle (“Single Mothers”).

28 oct. 2014


KEPA ARBIZU

 No nos engañemos, hay lanzamientos musicales que son especiales y superan con mucho la condición de mera novedad nacida para ser apilada, o no, junto a otras. Hay discos que traen consigo un marchamo de excepcionalidad, casi siempre relacionado con la posibilidad de estar ante algo realmente importante y relevante, derivado de su papel intrínseco o del de su autor. Precisamente por eso cuando se presenta un nuevo (doble) álbum de Lucinda Williams hay que estar atentos y prestar atención porque las probabilidades son altas (se lo ha ganado a lo largo de su magistral carrera) de ser algo verdaderamente significativo. 

 La cantante y guitarrista de Louisiana es, sin ningún rubor a sonar exagerado, la gran dama del rock en la actualidad. Ese galardón no es óbice para afirmar que sus últimos trabajos, con evidentes cualidades dada la persona de la que estamos hablando, no pertenecen a lo más granado de su creación y no pasarán por ser de lo más destacado de su discografía. Pero este Down Where the Spirit Meets the Bone es otra cosa, su aportación es realmente considerable y poseedor de una calidad extraordinaria. En la consecución del rotundo éxito que a la larga este trabajo logra, influye, y mucho, la compañía que ha elegido la compositora, que parece haber echado mano de la simple y efectiva ecuación, casi siempre infalible, de aunar un equipo de lujo para lograr un resultado a la altura. 

Y es que hay algo que a nadie se le puede escapar al escuchar esta reunión de canciones y son las sobresalientes guitarras que aparecen. Sus artífices, entre otros, ni más menos que Tony Joe White, Greg Leisz, Jonathan Wilson o Doug Pettibone. Todos ellos sacan un partido magistral a las seis cuerdas y parecen encontrar el elemento exacto que cada tema pide. Pero no acaba aquí el papel estelar de los acompañantes, porque los Imposters, o lo que es lo mismo la banda de acompañamiento de Elvis Costello, aportan su base rítmica por medio de la presencia de Pete Thomas y Davey Faragher. 

 Pocas imágenes más icónicas hay para relatar el universo lírico de Lucinda Williams que el corazón atravesado por un cuchillo que adorna la portada de este álbum. A pesar de que es obvio que su “discurso” se nutre de las andanadas que da la vida, y el sufrimiento que eso provoca, también va a haber espacio aquí para la búsqueda de la actitud con la que enfrentarse a ellas e incluso echar una mirada más externa y describir el “paisaje” que se vislumbra, a veces con un claro contenido social / político. 

No se me ocurre una forma más impactante de comenzar un disco que con la impresionante Compassion, una adaptación musical de un poema de su padre (Miller Williams) sustentada en voz, que parece no dejar de aumentar en vida y autenticidad, y guitarra acústica donde reina la sobriedad bajo una forma de letanía acerca de la necesidad de crear empatía con el prójimo, incluso con el que aparentemente menos lo merece. Dentro del repertorio de Williams hay un tipo de composiciones que podríamos llamar estándares, sin que esto sea peyorativo, y que, obviamente, aquí también tienen su representación. En este aspecto hay que nombrar, por ejemplo, el rock sureño, con olor a goma gastada en largas y calurosas carreteras, de Protection; la menos abrasiva pero con una rotunda carga melancólica de Foolishness, e incluso la mirada algo más vitalista, en forma y fondo, de Walk On, un llamamiento a no rendirse. Pero no hay que olvidar de quién hablamos, y utilizando este tipo de construcciones es capaz de facturar una maravilla como Burning Bridges, menos afilada pero capaz de crear una calma tensa totalmente embriagadora. 

La música de la cantante también está decisivamente influida por los sonidos más cercanos al country, convirtiéndose de alguna manera en continuadora de intérpretes como Emmylou Harris, tal y como queda constancia en la todavía eléctrica y punzante East Side of Town, aldabonazo contra la desafección de los políticos, o en This Old Heartache, ésta ya imbuida por completo del ritmo “campestre” y de sus instrumentaciones, sobresaliente el papel de Greig Leisz en ese terreno. En It’s Gonna Rain, más sobria y dolorosa, aparecerá la voz profunda y delicada de Jakob Dylan como perfecto contrapunto. 

Y si de ingredientes que dan forma al contexto sonoro de Lucinda Williams hablamos, en este disco los relativos a los géneros negros tienen una importancia capital. Por ejemplo, la vena más pantonsa y arrastrada se va a demostrar en temas como West Memphis o Something Wicked This Way Come, donde aporta su voz más ruda en este tratado sobre las malas intenciones del sexo contrario. En ambas sobresale la guitarra, y armónica en la primera otorgándole mayor profundidad a la composición, de Tony Joe White, experto en estas lides. Everything but the Truth es más funk, por lo tanto más rítmica, y nuevo trabajo descomunal de las guitarras. En otra rama de esta misma faceta musical, los intensos medios tiempos atravesados por el espíritu del soul, destacan la sobriamente épica Cold Day in Hell, hecha a base de punzadas eléctricas; la más rota y sentimental Wrong Number, la sosegada When I Look at the World, con su reivindicación de un borrón y cuenta nueva continuo, o One More Day, en la que sobresale esa delicadísima sección de metales. 

No es nada fácil concebir un disco doble y lograr mantener al oyente enganchado sin remisión a lo largo de todo él. Eso es lo que precisamente consigue este Down Where the Spirit Meets the Bone. Su receta es, al margen de saber maniobrar por diferentes direcciones dentro de un estilo muy característico, dar otra muestra de un rock pasional, doloroso en muchas ocasiones, del que emana a borbotones autenticidad y todo bajo un exquisito tratamiento musical. 

 Escrito originalmente para: http://www.elgiradiscos.com/2014/10/lucinda-williams-down-where-spirit.html

19 oct. 2014

Ainara LeGardon: "Every Minute"

KEPA ARBIZU

 La carrera de Ainara LeGardon (en solitario después de formar parte del grupo Onion) está rotundamente marcada por la adopción de un tono intenso. A él ha llegado a base de tomar el sonido americano, que incluye desde el folk hasta el rock, en una vertiente sobria, a veces minimalista, y con cierta tendencia a sus lugares más sombríos. Precisamente en ese contexto se incluye ‘Every Minute’, quinto disco en su trayectoria individual que sin embargo nos ofrece alguna novedad. 

Tomando como referencia más cercana su anterior trabajo, ‘We Once Wished’, las guitarras eléctricas, y por extensión una mirada más rockera, habían ya tomado un lugar predominante en su apuesta sonora, dejando de lado unos inicios más acústicos. En este su nuevo trabajo no es que mantenga esa situación sino que todavía la implementa de manera muy notable, dando vida a unas canciones realmente crudas y chirriantes, siempre con esa sobriedad, desnudez e intensidad habitual en la bilbaína. 

 Para cumplir ese propósito se ha rodeado de una formación clásica de bajo (Rubén Martínez) y batería (Héctor Bardisa), manteniendo en la producción a Paco Jiménez (habitual en sus últimas publicaciones), algo que ayuda a que el conjunto sea más orgánico y puro, características que deberían de quedar corroboradas desde la misma portada, en blanco y negro y en la que se dibuja la figura de la intérprete sin piel y recorriendo un camino. Las pistas parecen obvias respecto al sentido que pretende el disco, pero si todo esto fuera poco no hay más que ponerse a su escucha y toparse con la canción que lo abre: “Last Day”, estructurada sobre su propia voz sin ningún tipo de acompañamiento y en la que canta de manera serena pero descarnada. 

 A partir de ahí el disco propone una ambientación muy específica, se trata de un rock oscuro, ruidista pero sin desbarres ni desarrollos largos, y recreando un tono atormentado y angustioso por momentos, en el que nombres como la primera PJ Harvey o Thalia Zedek dejan un rastro evidente. La forma de escenificarlo tendrá dos vertientes, la más habitual será por medio de su faceta más airada y directa. Precisamente en ese ámbito nos encontramos con canciones como “No End” o “Every Minute”, de melodías ligeramente enrevesadas y crudas; “Magnetic”, hecha a base de una telaraña eléctrica y con actitud furiosa que encuentra su cenit en los virajes vocales en los que LeGardon utiliza su voz para aumentar esa desazón, o con la pegada más directa y pegadiza de “We Are Ready”. 

 Con una forma menos acelerada pero manteniendo firme la proposición de mostrar los sentimientos de la manera más desgarradora y sincera aparecen temas como “White”, más reposada y reflexiva pero atravesada con un halo tenebroso, sobre todo presente en la dramatización total que hace de la interpretación (por momentos puede recordar al teatro japonés), que se disparará en las acongojantes “In The Woods” o la angustiosa “To Each Other”. Demostraciones todas ellas de que el hecho de aminorar las revoluciones no tiene para nada su representación en un déficit en la capacidad para transmitir visceralidad, todo lo contrario. 

 ‘Every Minute’ parece querer transmitir la idea de cambio, o de huida, o simplemente la de avanzar, de manera más o menos recta, en el camino, como se desprende de la ya mencionada portada. En ese transcurrir nos adentramos en todo un desgarro emocional, donde la angustia, la crudeza o la desesperación se representan en estas canciones. Nunca ha sido del todo accesible la propuesta de Ainara LeGardon, pero la inclusión rotunda de las guitarras eléctricas ha enrevesado y la ha afilado todavía más, creando un marasmo de emociones y eso, se mire por donde se mire, siempre es una gran noticia en la música. 

 Escrito originalmente para: http://genetikarockradio.com/ainaralegardoneveryminute-2/

12 oct. 2014

Chuck Prophet: “Night Surfer”


KEPA ARBIZU

El rock americano tiene una virtud, que a la larga se convierte en su gran tesoro, y no es otra que, al margen de sus grandes (en cuanto a reconocibles) nombres, tiene toda una escudería de músicos, que se agolpan en diferentes divisiones, con un nivel deslumbrante y que manejan el género con una soltura digna de elogio. Uno de sus más destacados representantes es Chuck Prophet, integrante de Green On Red, grupo de los ochenta y que se inscribía en el denominado “Nuevo Rock Americano”, y que acumula en solitario ya más de 20 años de carrera y en la que Night Surferconstituye su decimotercer álbum. 

Se trata de un trabajo que ya de primeras viene a confirmar el estado casi de gracia en el que vive instalado el músico estadounidense, algo perfectamente extensible prácticamente a toda su producción de este siglo XX (década en la que se aglutinan su porcentaje más alto de discos). Raramente se sale de unos ciertos parámetros más o menos fijos que han marcado su trayectoria, a grandes rasgos saber conjugar a la perfección un sonido más íntimo con otro incisivo y de guitarras, y los que viendo el resultado que le han dado a nadie se le ocurriría poner en duda su valía.

El problema (bienvenido problema) con el que se podía encontrar este Night Surfer es el, lógico, reconocimiento unánime que tuvo su predecesor Temple Beautiful; una rémora que escuchando el actual deja totalmente solventada, y es que a pesar de que se sitúe por detrás de aquel en cuanto a calidad, no supone cortapisa alguna para disfrutar y ensalzar éste. En la lógica de no cambiar demasiado lo que funciona, Brad Jones sigue ejerciendo de productor, aunque esta vez aparezca escoltado por Paul Kolderie, un binomio que trae consigo un sonido global más instrumentado y en general delicado. Peter Buck, (R.E.M., The Minus 5, etc...) será el invitado estrella aportando su valía con las seis cuerdas. 

En ese lado guitarrero y fiero que Prophet siempre ha tenido como parte de su personalidad destacan canciones como Countrified Inner City Technological Man, en la que unas bases rítmicas palpitantes y de espíritu negro se fusionan con guitarras con clara denominación de origen de The Rolling Stones. Ford Econoline incide en manejar el rock and roll pegadizo mientras que Felony Glamour mantiene el poderío con unos ritmos entre la new wave y el power pop más descarado. Aunque Lonely Desolation comienza dirigido por poderosos riffs, la melodía se transforma rápidamente en más amable y soleada, al más puro estilo Big StarTruth Will Out ( Ballad of Melissa and Remy) podría pasar por alguna de las composiciones de The Kinks en los años setenta, con esa forma recitativa en la que la ejecuta. 

En la parte más íntima y recogida va a llamar la atención la incursión de una sección de cuerdas que va a tomar relevancia a la hora de trabajar con las tonalidades de las canciones. Ahí está su papel delicado y a la postre decisivo en la magistral y melancólica, pero contundente, Wish Me Luck. Más presencia va a tener enGuilty As a Saint y sobre todo aportando épica en Laughing on the Inside. Todas ellas marcadas por el rock americano emotivo y clásico que nos remite a Tom Petty o Elliot Murphy

A pesar de que Night Surfer es menos visceral que su anterior trabajo, en cuanto a forma, y apuesta por un sonido algo más delicado, Chuck Prophet construye en él una atinada e incisiva mirada sobre los tiempos actuales que corren, una época marcada por la soledad, la ansiedad y en definitiva una que parece haber desterrado el corazón de sus ámbitos de decisión. Con todo ello el norteamericano firma otra joya en el cada vez más suculento tesoro en el que se ha convertido su discografía. 

5 oct. 2014

Leonard Cohen: “Popular Problems”


KEPA ARBIZU

Aunque en ocasiones pudiera parecer lo contrario, la propuesta musical de Leonard Cohen no es, ni prácticamente nunca lo ha sido, apta para todos los públicos. Muchas de sus canciones no encajan en lo que se podría entender mayoritariamente como un “canon pop”. Su forma de interpretar, de combinar elementos y relatar sus historias/pensamientos (no se puede obviar que fue antes escritor que intérprete), son características muy particulares que además con el paso de los años se han hecho todavía más patentes. Precisamente a modo de autoregalo para conmemorar su condición recientemente estrenada de octogenario, acaba de publicar este Popular Problems

Una carrera la suya, abarca casi 40 años en lo relativo a su creación discográfica, que ha transcurrido de manera más o menos regular, obviando su reclusión monacal, y construyendo un legado que a día de hoy sigue creciendo y dejando muestras realmente significativas de talento y de una inquebrantable personalidad. Este nuevo álbum se inscribe en esa trayectoria y a la vez aparece directamente conectado, en cuanto a concepto musical, aunque aumentado y mejorado, con su anterior.

Es la omnipresente figura de Patrick Leonard la que hace la función de nexo de unión entre ambas realizaciones, no obstante todas excepto una de las canciones de este disco han sido coescritas por él. Su influencia se ve reforzada todavía más al comprobar cómo los sonidos negros impregnan casi todo el conjunto. A pesar de esa labor es Leonard Cohen, como no podía ser menos, el que impone su personalidad y las credenciales con las que ha apuntalado su genialidad, e incluso algunas de ellas, como su voz, y su tono de cantar, se materializan de una forma óptima, siempre teniendo en cuenta el paso del tiempo y sus consecuencias, algo de lo que el canadiense no ha sido ajeno en ningún momento, como se trasluce en sus canciones. 

El disco se abre con el órgano y una base rítmica martilleante, elementos idóneos para construir ese sonido oscuro y pantanoso que recrea Slow y que entronca perfectamente con la irónica declaración de intenciones que esconde el tema, por el que se desenvuelve un Cohen con mucho “groove” y acompañado de esos habituales coros femeninos, recreando esa condición casi antitética en cuanto a tonos. Almost Like the Blues, con similares argumentos, se desarrolla con un ambiente más envolvente y apostando por la interesante reflexión sobre el difícil equilibrio para asumir las grandes desgracias del mundo y las miserias mundanas. La sacra Born in Chains retomará la senda más pura del sonido negro abrazando el soul y el gospel mientras que Samson in New Orleans, en busca de las consecuencias y actitudes alrededor del temaKatrina, toma una forma de réquiem, casi elegiaco, con su voz todavía capaz de asombrar en algunos giros en los que se quiebra. A Street saca a relucir ese lado más sensual en un ejercicio dicotómico entre el amor y la guerra. 

La canción Did I Ever Love You comienza manteniendo esa crudeza y el sonido denso para cambiar el rumbo, cada vez que llega el estribillo, hacia melodías mucho más alegres y hacia ritmos de country contagioso. Otros temas también apostarán por acercarse al sonido de raíces, ahí está la genial y profundaMy Oh My, a la que se le añade una comedida y lograda sección de metales. You Got Me Singing indaga todavía más en el tono melancólico, acompañado de un violín que hace perfecta misión de implementar esa sensación. Quizás el único, y mínimo, borrón (junto a la portada), por inexplicable y por romper la estructura del álbum, llega por medio de Nevermind, que apuesta por reproducir ritmos más modernos y electrónicos mezclados con arabismos que en ningún momento encuentran su sitio. 

Leonard Cohen es un estilo musical en sí mismo, no caben referencias ni comparaciones capaces de explicarlo. Su nuevo disco no sólo mantiene intacta esa identidad sino que la manifiesta de manera magistral, como si el tiempo no pasara, o mejor dicho, pasara y utilizara ese (inevitable) hecho en su propio beneficio. Así se refleja en su forma de cantar, en la manera de imbricarse en las tonalidades de las canciones y a la hora de mostrarse ya sea irónico/cínico, poético, reflexivo e incluso llegar a autohomenajearse o autoparodiarse. Popular Problems es la radiografía del estado artístico en la que parece instalado últimamente el canadiense y que trae como resultado un trabajo de un nivel excepcional. 

29 sept. 2014

Justin Townes Earle: “Single Mothers”



KEPA ARBIZU

Lo diré sólo una vez, y ahora al principio, para tratar de no repetirlo a lo largo del texto. Justin Townes Earle es el hijo del mítico músico Steve Earle. Un hecho que comento, primero, por si algún despistado todavía no lo sabía y después, y lo más importante, porque es indudable la influencia, tanto a nivel familiar/vivencial como artístico, incluso induciendo de alguna forma a crearse una personalidad propia alejada de la de su progenitor, que ha tenido. 

Una trayectoria en solitario que tiene ahora enSingle Mothers su último capitulo, uno que por cierto alcanza un nivel altísimo y un peso bastante significativo a la hora de encuadrarlo entre sus grabaciones. A lo largo de los años, y de sus consiguientes trabajos, el joven norteamericano ha ido labrando su propio espacio; fluyendo desde el folk-country de sus primeras grabaciones hasta la irrupción clara del soul en su anterior Nothing's Gonna Change the Way You Feel About Me Now . La nueva publicación parece asimilar todo ese continuo para situarse en un terreno de en medio, ni mucho menos inconsistente, tratado con una delicadeza y elegancia sobresaliente y que a la postre da como resultado su disco más personal y brillante.

Acompañado de su productor de siempre, Adam Bednarik, y con Paul Niehaus (Lambchop, Calexico...), habitual en los últimos tiempos, en la sobresaliente labor de la guitarra, sobre todo en la "pedal steel", forman un tándem que colabora en dar forma a un disco homogéneo, concentrado, con una identidad claramente marcada, orientado hacia la elegancia y la sensibilidad, y en la que se mecen las habituales historias dolientes del autor, levemente atenuadas en esta ocasión, quizás consecuencia de su situación personal más estable. 

Precisamente en ese espacio construido entre el sonido country, perfectamente ambientado por una delicadísima "pedal steel", y el soul, un lugar en el que se reunirían Ron Sexsmith, Van Morrison y Townes Van Zandt por ejemplo, se ubican temas como Worried Bout the Weather, Wanna Be a Stranger e incluso la majestuosa Single Mothers, donde destaca su voz acercándose a los terrenos más negros, creando una emotividad desbordante sin necesidad de grandes efectismos, sobre todo por medio de un espléndido estribillo. En un terreno más desnudo e intimo transitan temas como Picture in a Drawer o It’s Cold in This House, que en cuanto a ambientación se asemejan a las propuestas de Mark Kozelek o Iron & Wine.

El papel de las guitarras, en cuanto a potencia, va a tomar más relevancia en canciones como My Baby Drives, donde fluye el rock and roll al estilo de una Creedence Clearwater Revival pero siempre tratada con una elegancia envidiable. Otras composiciones como Time Show Fools o Burning Pictures optan por el rock americano clásico, emparentándose con alguien como Jason Isbell

Single Mothers es un disco delicioso, donde todo encaja, y ya sea optando por el intimismo o cierta intensidad, el conjunto está dominado por la delicadeza y la belleza. No se puede decir que este trabajo aúpe a nuevos escalafones a Justin Townes Earle, porque ya ocupaba una situación privilegiada conseguida por medio de lo realizado hasta ahora, pero desde luego sí que parece en este momento su obra más conseguida y personal. 

24 sept. 2014

Marcus Bonfanti. Rotunda guitarra de (más que) blues


KEPA ARBIZU

 No es una historia demasiado original la de un chico que desde pequeño se acerca al mundo de la música y que poco a poco va eligiendo su instrumento, en este caso la guitarra, hasta adquirir cierta pericia intentando tocar las canciones que oye en su casa. Así son los orígenes de muchos instrumentistas, también el de Marcus Bonfanti. Otra cosa muy diferente es ya la evolución siguiente, y ahí es donde el inglés destaca y marca su propio territorio. 

 A pesar de no contar todavía con una fama y un nombre demasiado representativo en el panorama internacional, este joven treintañero, que durante sus primeros pasos ha sido acompañante de diferentes músicos, construyendo así un bagaje y adoptando soltura, va conquistando y estableciéndose como uno de los pesos pesados en cuanto a guitarristas en el Reino Unido. Y es que no puede ser casualidad el hecho de que haya sido el elegido para encargarse de liderar en la actualidad a los míticos Ten Years After. 

 Será en el año 2008 cuando inicie su propio periplo individual, por medio del disco ‘Hard Times’. Con él, donde se hace cargo de todos los instrumentos que suenan, ya apuntala lo que será su estilo y forma de desarrollarlo. El blues, sea eléctrico o acústico, se conforma como eje central, pero si bien es cierto que se muestra brillante a la hora de ejecutarlo de forma clásica, demuestra también una habilidad encomiable para dirigirlo por otros vericuetos, que abarcan desde el hard rock hasta el funk. Esa heterogeneidad hace que las referencias se agolpen en su modo de interpretar y que por lo tanto se puedan apreciar desde las formas vigorosas de Jimmy Page o Rory Gallagher, pasando por Tony Joe White hasta músicos más actuales, y en los que también se da esa mezcla, como Seasick Steve o Scott H. Biram. 

 Con ‘What Good Am I to You?’ (2010), ya rodeado de banda, su sonido toma evidentemente más matices, al igual que maneja con más destreza su voz: profunda, pero clara, y con tono rasgado. En esencia la propuesta sigue siendo la misma. Un paso más en esa misma dirección supone lo que es hasta ahora su último trabajo, ‘Shake the Walls’ (2013), que es el que le trae hasta nuestro territorio en gira por primera vez. 

 En él nos vamos a encontrar en buena medida con su cara más musculosa y recia, ahí están esos sonidos que mezclan a Led Zeppelin con North Mississippi Allstars, (“Alley Cat”), el hard rock de alto octanaje de “Stone Me Sober”, ciertos arranques funk (“Honest Boy”) o rock and roll dinámico por medio de “My Baby Don’t Dance”. Pero también habrá espacio para medios tiempos intensos como “We All Do Bad Sometimes”, sobrio sonido americano (“Blind Alley”) e incluso tirar por el folk-blues tradicional en “The Bittersweet”. 

 Por lo que nos ha ofrecido en sus discos Marcus Bonfanti estamos ante un guitarrista de nivel y carácter, que pese a que oposita a “guitar hero” no se pierde en filigranas ni en lucimientos vacuos. Ahora sólo falta degustar ese repertorio sobre las tablas y ratificar esas cualidades mencionadas. 

Escrito originalmente para: http://genetikarockradio.com/marcus-bonfanti-rotunda-guitarra-de-mas-que-blues/

17 sept. 2014

Benjamin Booker: “Benjamin Booker”


KEPA ARBIZU

¿Estamos ante otro joven (en este caso de sólo 25 años) talento dedicado a actualizar los sonidos negros clásicos? Perfectamente se podría aplicar a Benjamin Booker tal definición, pero también supondría sólo fijarse en una parte concreta de la propuesta musical del norteamericano. Porque aunque sean ciertas, y evidentes, esas influencias en su música, no hay que obviar la curiosa manera que tiene de presentarlas, con una forma sucia, guitarrera y arrolladora, hasta convertirla en un claro símbolo identificativo. 

Descubierto, o presentado al público, por ser elegido a la hora de hacer de telonero en la gira de Jack White (no resulta muy complicado buscar un paralelismo entre ambos), ahora llega su presentación por medio de su disco homónimo. Un trabajo que nada más nacer ya viene acompañado de una alta expectativa, con todo lo incómodo e incluso precipitado que puede traer dicha situación, pero de algún modo entendible por lo escuchado hasta este momento y refrendado todavía más por el sorprendente nivel del debut. 

Un álbum que cuenta con la producción de Andrija Tokic, experto en aunar las raíces sonoras con una forma actual, como ha demostrado en su colaboración con grupos como Natural Child, Hurray for the Riff Raff o Alabama Shakes. Una característica que precisamente se vuelve esencial aquí, y que se materializará en la habitual división entre aquellos temas más directos o crudos y los más reposados. Otro elemento que juega en favor de la consecución de esos objetivos es la voz de Booker, que plantea esa misma dicotomía, delicada y susurrante pero atravesada por un tono rasposo, como si de un Ray Lamontagne más grueso se tratara. 

Es dentro de aquellas composiciones que pertenecen a ese primer grupo donde asistimos con más nitidez a esa fusión o desarrollo desde las raíces del sonido negro a una representación más acelerada. Casi de manera encadenada nos vamos a topar con ellas. Así observamos cómo parte de los riffs de Chuck Berry (Violent Shiver) para administrarles tensión y llevarles hasta un escenario más garagero; hacer lo propio con el rockabilly trotón de Always Waiting; el rhythm and blues de Chippewa, aquí de manera menos abrasiva, o la directa y explosiva Have You Seen My Son? Todas ellas resultado de una perfecta asimilación de, entre otras, las propuestas de bandas que van desde The Gories, a Reigning Sound pasando por Ty Segall. 

En ese escenario más lento e íntimo, y en el que se observa su poso más “negro”, nos encontramos con temas como Slow Coming, en el que bebe directamente de clásicos del soul, ya sea Otis Redding o Percy Sledge pero en el que no puede evitar añadir un desbarre eléctrico al final, u otros como I Thought I Heard You Screaming, más minimalista y orientado hacia el folk. El acercamientos al blues rural tradicional, en la estela de Blind Willie Johnson, llegará por medio de By the Evening, también con sus dosis de tormenta eléctrica. Sin mayores consideraciones respecto a encumbrar o a crear con demasiada precipitación ídolos de masas desde su más tierna juventud, las credenciales mostradas por Benjamin Booker con este disco debut son realmente interesantes, y su forma de mezclar los sonidos negros con representaciones más guitarreras y crudas es desde luego toda una gratísima sorpresa. 

 Escrito originalmente para: http://www.elgiradiscos.com/2014/09/benjamin-booker-benjamin-booker.html

11 sept. 2014

Tom Petty y The Heartbreakers: “Hypnotic Eye”

KEPA ARBIZU

Si uno se para a pensarlo detenidamente no parece una tarea fácil plantarse con 63 años, de los que casi cuarenta han transcurrido dentro del mundo del rock, y publicar tu decimoquinto álbum con la aspiración de sorprender y/o llamar la atención del público. Tom Petty no pertenece, no precisamente por motivos relacionados con su calidad, a esa privilegiada y exclusiva lista de nombres consagrados que todo lo que publiquen , sea como sea el resultado final, va a tener los parabienes y halagos de grandes masas. A pesar de eso, su nuevo Hypnotic Eye es un disco que, con razón, ha puesto a sus pies (ha vuelto a poner, para ser más exacto) no ya a sus admiradores más fieles, sino a (casi) cualquier seguidor del buen rock.

 Para lograr este fin partía de un paso previo algo problemático. Su trabajo anterior, Mojo, al contrario de lo que está sucediendo con el actual, no tuvo una aceptación demasiado unánime, a pesar de que en él nos encontráramos con un maravilloso repertorio; eso sí, encaminado más a glosar sus influencias sonoras que a seguir ahondando en su propio estilo, y donde la figura de su inseparable, y brillante, guitarrista Mike Campbell tomaba un papel claramente protagonista.

En esta ocasión la decisión ha sido totalmente diferente, casi opuesta, y este nuevo álbum recupera sus armas personales primigenias, y a base de un sonido contundente de guitarras, mezclado con las melodías emanadas de las raíces del sonido americano, logra remontarnos a su primera época y encandilarnos, junto a sus Heartbreakers, por medio de esa dulce crudeza que posee, y que también tendrá su representación en un discurso descreído y crítico en lo social, atenuado con instantes algo más nostálgicos e incluso románticos.

El disco se desarrolla en buena parte a base de guitarrazo limpio, los riffs suenan vigorosos, punzantes, puro hard rock por momentos pero perfectamente integrados con otros matices sonoros. Así en la machacona, rítmicamente hablando, American Dream Plan B, la distorsión se mezcla con esa sonoridad de raíces, representada por ejemplo ya sea en The Byrds o CSNY, algo que todavía se hará más patente en una arquetípica composición del norteamericano como es Red RiverFault Lines, que comienza con un ritmo puramente rhythm and blues, como si de Ray Charles se tratase, sigue insistiendo en la misma fórmula añadiendo al conjunto un punto de angustia, perfectamente conseguido por su tono de voz, otro de los grandes elementos de este disco, sonando peculiar como siempre y más vivo que nunca. En Forgotten Man, en cambio, es el rock and roll más dinámico, con Bo Diddley como referencia, el encargado de guiar la banda.

La influencia de los sonidos negros lucirá en toda su expresión en el robusto blues, a lo John Lee Hooker,Burn Out Town o en la jazzistica y elegante Full Grown Boy; todavía estará presente, aunque más difuminada, en la pantanosa y abrasiva Power Drunk o en la inquietante y oscura Shadow People. Con Sins of My Youth llegará uno de los momentos más reposados y evocadores.


Si aquello de la eterna juventud no estaría muy visto y manido, desde luego sería la expresión exacta para glosar al Tom Petty que se presenta en este Hypnotic Eye: rotundo en lo musical, contundente en sus ideas. Un disco de rock clásico, vibrante, actual, incisivo, divertido.... Si a alguien le suena extraño tantos halagos para el estadounidense eso es porque todavía no le consideraba como una de las grandes figuras actuales, entonces ahí está el error, y este brillante trabajo el antídoto para subsanarlo.