28 oct. 2014


KEPA ARBIZU

 No nos engañemos, hay lanzamientos musicales que son especiales y superan con mucho la condición de mera novedad nacida para ser apilada, o no, junto a otras. Hay discos que traen consigo un marchamo de excepcionalidad, casi siempre relacionado con la posibilidad de estar ante algo realmente importante y relevante, derivado de su papel intrínseco o del de su autor. Precisamente por eso cuando se presenta un nuevo (doble) álbum de Lucinda Williams hay que estar atentos y prestar atención porque las probabilidades son altas (se lo ha ganado a lo largo de su magistral carrera) de ser algo verdaderamente significativo. 

 La cantante y guitarrista de Louisiana es, sin ningún rubor a sonar exagerado, la gran dama del rock en la actualidad. Ese galardón no es óbice para afirmar que sus últimos trabajos, con evidentes cualidades dada la persona de la que estamos hablando, no pertenecen a lo más granado de su creación y no pasarán por ser de lo más destacado de su discografía. Pero este Down Where the Spirit Meets the Bone es otra cosa, su aportación es realmente considerable y poseedor de una calidad extraordinaria. En la consecución del rotundo éxito que a la larga este trabajo logra, influye, y mucho, la compañía que ha elegido la compositora, que parece haber echado mano de la simple y efectiva ecuación, casi siempre infalible, de aunar un equipo de lujo para lograr un resultado a la altura. 

Y es que hay algo que a nadie se le puede escapar al escuchar esta reunión de canciones y son las sobresalientes guitarras que aparecen. Sus artífices, entre otros, ni más menos que Tony Joe White, Greg Leisz, Jonathan Wilson o Doug Pettibone. Todos ellos sacan un partido magistral a las seis cuerdas y parecen encontrar el elemento exacto que cada tema pide. Pero no acaba aquí el papel estelar de los acompañantes, porque los Imposters, o lo que es lo mismo la banda de acompañamiento de Elvis Costello, aportan su base rítmica por medio de la presencia de Pete Thomas y Davey Faragher. 

 Pocas imágenes más icónicas hay para relatar el universo lírico de Lucinda Williams que el corazón atravesado por un cuchillo que adorna la portada de este álbum. A pesar de que es obvio que su “discurso” se nutre de las andanadas que da la vida, y el sufrimiento que eso provoca, también va a haber espacio aquí para la búsqueda de la actitud con la que enfrentarse a ellas e incluso echar una mirada más externa y describir el “paisaje” que se vislumbra, a veces con un claro contenido social / político. 

No se me ocurre una forma más impactante de comenzar un disco que con la impresionante Compassion, una adaptación musical de un poema de su padre (Miller Williams) sustentada en voz, que parece no dejar de aumentar en vida y autenticidad, y guitarra acústica donde reina la sobriedad bajo una forma de letanía acerca de la necesidad de crear empatía con el prójimo, incluso con el que aparentemente menos lo merece. Dentro del repertorio de Williams hay un tipo de composiciones que podríamos llamar estándares, sin que esto sea peyorativo, y que, obviamente, aquí también tienen su representación. En este aspecto hay que nombrar, por ejemplo, el rock sureño, con olor a goma gastada en largas y calurosas carreteras, de Protection; la menos abrasiva pero con una rotunda carga melancólica de Foolishness, e incluso la mirada algo más vitalista, en forma y fondo, de Walk On, un llamamiento a no rendirse. Pero no hay que olvidar de quién hablamos, y utilizando este tipo de construcciones es capaz de facturar una maravilla como Burning Bridges, menos afilada pero capaz de crear una calma tensa totalmente embriagadora. 

La música de la cantante también está decisivamente influida por los sonidos más cercanos al country, convirtiéndose de alguna manera en continuadora de intérpretes como Emmylou Harris, tal y como queda constancia en la todavía eléctrica y punzante East Side of Town, aldabonazo contra la desafección de los políticos, o en This Old Heartache, ésta ya imbuida por completo del ritmo “campestre” y de sus instrumentaciones, sobresaliente el papel de Greig Leisz en ese terreno. En It’s Gonna Rain, más sobria y dolorosa, aparecerá la voz profunda y delicada de Jakob Dylan como perfecto contrapunto. 

Y si de ingredientes que dan forma al contexto sonoro de Lucinda Williams hablamos, en este disco los relativos a los géneros negros tienen una importancia capital. Por ejemplo, la vena más pantonsa y arrastrada se va a demostrar en temas como West Memphis o Something Wicked This Way Come, donde aporta su voz más ruda en este tratado sobre las malas intenciones del sexo contrario. En ambas sobresale la guitarra, y armónica en la primera otorgándole mayor profundidad a la composición, de Tony Joe White, experto en estas lides. Everything but the Truth es más funk, por lo tanto más rítmica, y nuevo trabajo descomunal de las guitarras. En otra rama de esta misma faceta musical, los intensos medios tiempos atravesados por el espíritu del soul, destacan la sobriamente épica Cold Day in Hell, hecha a base de punzadas eléctricas; la más rota y sentimental Wrong Number, la sosegada When I Look at the World, con su reivindicación de un borrón y cuenta nueva continuo, o One More Day, en la que sobresale esa delicadísima sección de metales. 

No es nada fácil concebir un disco doble y lograr mantener al oyente enganchado sin remisión a lo largo de todo él. Eso es lo que precisamente consigue este Down Where the Spirit Meets the Bone. Su receta es, al margen de saber maniobrar por diferentes direcciones dentro de un estilo muy característico, dar otra muestra de un rock pasional, doloroso en muchas ocasiones, del que emana a borbotones autenticidad y todo bajo un exquisito tratamiento musical. 

 Escrito originalmente para: http://www.elgiradiscos.com/2014/10/lucinda-williams-down-where-spirit.html