24 abr. 2010

"Agri-dustrial", Legendary Shack Shakers



















Si hay alguna palabra que pueda servir para definir al grupo Legendary Shack Shakers esa es originalidad. Su propuesta musical es poca habitual (cosa que no quiere decir que no se haya hecho nunca), partiendo de un sonido country le impregnan de un ritmo y una agresividad pocas veces vista. A dicho estilo se le irán sumando todos los imaginables, desde los más obvios tipo rock o blues, hasta la polka y otros ritmos centroeuropeos.

Buena culpa de este carácter peculiar la tiene su cantante, frontman y líder indiscutible, Colonel J.D. Wilkes, una mezcla entre un punki y Cletus (para los iniciados en el universo Simpson un personaje que representa a un granjero de la América más profunda). Al margen de su estética y derroche en directo, es su robusta voz y su salvaje modo de tocar la harmónica lo que imprime a la banda un carácter único.

“Believe” y “Pandelerium” han sido sus dos discos más representativos y los que han servido para que su nombre adquiera cierta resonancia. El primero de ellos, con su estilo ya definido, estaba basado en unas esencias musicales más puras, el country-blues abarcaba casi la totalidad del álbum. “Pandelirium” abrió algo el abanico estilístico y con el posterior “Swampblood” se produciría la eclosión definitiva en cuanto a ampliar la sonoridad. Aquí había una amplísima gama de colores musicales.

Su actual álbum, “Agri-dustrial”, se sitúa a medio camino, dando mayor importancia a las influencias clásicas pero dado lo elevado de la cantidad de “cortes” que lo forman hay un buen número de variaciones en la forma. Seguramente la cara más completa y mejor acabada la muestran en temas menos “festivos”, o dicho de otra manera cuando las raíces americanas se vuelven centrales. A veces tantos cambios estilísticos y saltos descentran un poco del resultado final.

En su nuevo trabajo como es lógico manda esa mezcla peculiar de rock, blues y psichobilly, tal y como queda demostrado en temas como “Sin eater”, “Greasy Creek”, “The Hills of Hell” o “God fearing people” en la que se hace patente el talento que J.D. Wilkes se gasta a la hora de tocar la harmónica. El ya de por sí acelerado ritmo que lleva el disco se dispara en la algarabía musical que es “Dixie iron fist”.

Un sonido más clásico se puede encontrar en “Sugar baby”, un blues-country de gran calidad, o en el crepuscular “Two tickets to hell”, uno de los temas más reseñable de todo el disco. También hay momentos para melodías cercanas al jazz blues con aires cabareteros y con un deje a la ambientación que suele crear Tom Waits, como son “Oboes are my heroes” y “Hammer and tongs”. Y para no dejar de sorprender al personal se atreven hasta con un ritmo de vals en “The lost cause”.

En muchas ocasiones su aceleración y desenfreno, más todavía si se trata de un disco con tantas canciones, 17, pueden llegar a saturar y crear una idea demasiado diversa de lo que es el grupo. Aun así son una “ave raris” en el mundo del rock y pese a esa heterodoxia saben muy bien lo que hacen y cómo hacerlo.