27 mar. 2014

“Holly” de Nick Waterhouse. Conquistando el rhythm and blues actual




KEPA ARBIZU

El rhythm and blues es un género que por origen y naturaleza es eminentemente negro. Lo llamativo del tema es que uno de sus representantes actuales con mayor talento y que interpreta dicha música con unas formas de lo más tradicionales es un joven (28 años) de tez blanca y maneras refinadas. Curiosidades al margen, el californiano acaba de publicar su segundo disco, “Holly”. Llega tras su extraordinario y sorprendente debut el pasado 2012 , “Time’s All Gone”, reafirmando su papel y dejando claro que estamos ante un fenómeno muy especial y aparentemente de largo recorrido.

Ambas realizaciones guardan en común un mundo sonoro similar, por lo que estamos ante un álbum, en ese sentido, totalmente continuista respecto a su predecesor. Dicho esto hay que resaltar que contiene un matiz diferenciador, y es que en el actual ha desaparecido esa bruma en el sonido, ahora toda suena nítido, mucho más claro. En este aspecto parece clave la entrada como (co) productor de Kevin Augunas (Edward Sharpe and the Magnetic Zeros, Cold War Kids, The Black Keys…). Una decisión que juega en dos direcciones: por una parte remite algo esa esencia que nos trasladaba a los viejos tiempos, pero sin embargo consigue la sensación de dotarle de una mayor personalidad e incluso más variedad al conjunto.

En el resultado final del estilo que pretende ejecutar Nick Waterhouse tiene un papel esencial la búsqueda, y consolidación,  de una banda de acompañamiento que sea el complemento idóneo, intentando asemejarse a esas con las que se rodeaba gente como Ray Charles, un nombre muy presente en las referencias que el joven norteamericano maneja. Observando el resultado final es obvio que consigue esa  pretensión, llegando a construir un núcleo sonoro realmente impresionante y que se sabe mover con precisión en diferentes contextos.

En el disco, como es habitual ya en su autor,  nos vamos a encontrar con auténticos acercamientos magistrales y puros al ryhthm and blues clásico, lo que significa que por ellas se asomarán nombres del calibre de Lavern Baker o Little Willie John. Para desarrollar esa idea lo hará tanto de una forma espesa y oscura, llena de matices musicales, como “High Tiding”, o en su vertiente más rítmica, en esta ocasión por medio de canciones marcadas por una vibrante sección de metales (“This Is a Game”). A medio camino de ambas se encuentra “It No. 3”, versión que realiza de su amigo y colaborador ocasional Ty Segall. A priori pueden parecer músicos antagónicos, pero sin necesidad de rascar demasiado se puede ver su común denominador y la demostración de que Waterhouse no es sólo una réplica de sonidos pasados. Todavía para abalar más esta teoría nos encontramos con “Dead Room”, que aunque tratado de manera elegante y sin distorsión alguna, lleva en su esencia un ritmo “garagero” evidente.

Una apariencia más a “crooner”, colocándose en terrenos más sedosos y románticos, nos vamos a poder encontrar en “Let it Come Down”, acompañada de un excelente coro femenino, con un claro tono “jazzy”, no obstante la original es de un músico de dicho género como Mose Allison. En esos mismos parámetros se van a situar “Sleepin’ Pills”, ésta con un deje blues y “Well It’s Fine”, en esta ocasión de swing y donde sobresale un brillante trabajo de las guitarras. “Hands On the Clock” opta por la sobriedad y profundidad, ahora es el piano el que toma el mando, acercándole a músicos como Ray Charles.

“Hollly”, cumpliendo las expectativas que el propio músico ha comentado, transmite en su globalidad una ambientación de “film noir” o novela negra evidente, su sonido está alimentado de niebla, de humo, de esos tugurios oscuros de mala vida pero muy buena música. Waterhouse sabe recrearla, a la vez que hacerla suya, a las mil maravillas, y pone con este álbum un segundo peldaño para consolidarse como uno de los nombres, a pesar de su juventud,  más interesantes y relevantes de los sonidos negros hechos en la actualidad.