26 dic. 2011

"La caja de los truenos", Los Deltonos


KEPA ARBIZU


La carrera de Los Deltonos se podría definir con una palabra, consistencia. Después de más de 25 años continúan sin dejarse embaucar por el paisaje que les rodea y totalmente ajenos a modas o cantos de sirena. Lo suyo sigue siendo hacer un rock honesto y de calidad, sin grandes masas rendidos a sus pies (algo ajeno al trabajo propio de un grupo) pero respetados y admirados como pocos.

Desde unos inicios donde el blues era el estilo por el que optaban, hasta un rock potente con ritmos casi funks, ahora parecen estabilizados en las raíces del sonido americano en su sentido más amplio. En ese contexto se desarrolla su nuevo álbum “La caja de los truenos”.

Liderados por Hendrik Röver y con una estabilidad en los últimos años en cuanto a componentes del grupo se refiere, la serenidad que reflejan sus nuevas canciones posiblemente también surja del hecho de haber realizado la grabación, de nuevo, en Guitar Town, los estudios del propio guitarrista, y la forma directa de ser registradas, consiguiendo además reflejar sin engaños ni artificios el momento exacto que vive el grupo.

Estamos ante un disco nostálgico, algo intrínsico en muchas ocasiones a los parámetros musicales que aquí se utilizan, donde se muestra un cierto enfrentamiento entre pasado y presente, o dicho de otra manera, entre un mundo moderno y otro más “tradicional”. Todo ello con la lírica intimista, sobria y con tintes costumbristas, a la que ya nos tienen acostumbrados en estos últimos tiempos los cántabros, característica también aplicable al proyecto paralelo de Hendrik.

Ya en su comienzo, por medio del tema “No por nada”, nos encontramos con historias de pequeños dramas cotidianos, propios de los relatos de Raymond Carver o John Fante, instrumentados en este caso por unos serpenteantes riffs con esencia de ZZ Top pero en una ambientación mucho más country-rock. Precisamente por este estilo se mueve la profunda y reflexiva “A qué vino volver”, con un importante papel de la guitarra slide. En lado más acústico se sitúan la melancólica “Lo que parece” y sobre todo la reflexión sobre la vida en la carretera que es “Gasoil y chocolatinas”, emparentada de manera muy rotunda con aquellos músicos denominados “outlaw” (Jonny Cash, Merle Haggard, etc..).

Un ritmo sureño, marcado por la omnipresente batería, es el que marca la nostálgica “La caja de los truenos”. A modo casi de rockabilly “El espíritu de la montaña” dibuja un paisaje desaparecido por el progreso. Los sonidos negros, que de alguna manera recuerdan a los inicios de la banda cántabra, se hacen patentes en el rhythm and blues de “El sector de los milagros” o el blues de “El infierno y los demás”, esta con el tema de la religión de fondo.

Rock and roll sudoroso y directo es el que supura por la gamberra “No puedo darte”. Con un tono épico aparece el maravilloso medio tiempo a base de rock americano que es “Escribimos nuestros nombres”, género que aparece sorprendentemente mezclado con el folk celta en la perfectamente resuelta “Filosofía”.

“La caja de los truenos” es un espléndido compendio de rock americano, que se salta cualquier límite realizado artificialmente por fronteras o idiomas para convertir el lenguaje musical en algo mucho más importante.